Ya hemos dicho que era una villa en decadencia, pero ¿qué aspecto tenía? En aquella época Sevilla estaba contenida dentro de la muralla. Este gran recinto fortificado se abría en su perímetro por puertas (un total de trece) y postigos (en número de cinco), y contenía el abigarramiento del caserío así como las huertas, los paseos y los palacios de los nobles. Hay que imaginar un caserío avejentado, con calles pavimentadas de tierra prensada y la sinuosidad del trazado medieval.
El Guadalquivir seguía siendo la gran autopista de la época, atravesado por el Puente de Barcas que acercaba al arrabal de Triana. Había otros dos arroyos que circundaban la ciudad; el Tagarete, que desembocaba muy cerca de la Puerta de Jerez, y el Tamarguillo, que preocupaba ya por sus frecuentes crecidas.
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| Entrada de los Reyes a Sevilla |
Los grandes lugares de esparcimiento eran la Alameda, que se remodeló en estos años y donde disfrutarían de largos paseos los Reyes, así como el Paseo del Arenal. Allí se mandaron plantar 500 arboles, entre la Torre del Oro y la Puerta de Triana, para hacerlo más agradable y proteger a las personas reales del sofocante sol. Otro lugar que tomó relevancia fue el paseo que iba del monasterio de San benito hasta el Humilladero de la Cruz del Campo, lo que hoy ocuparía la calle Luis Montoto.
Un placer propio de los sevillanos eran los baños en el río. Por supuestos hombres y mujeres por separado, tanto en los tramos donde se dedicaban al balo como en horarios, aunque era habitual saltarse estas normas. El Cabido Catedral pugnó por abolir esta impúdica costumbre pero era tanto el apasionamiento de los ciudadanos por los baños que el poder local tuvo que ceder y permitirlos, aunque con férreas normas de conducta.

